sábado, 14 de enero de 2017

La fotografía de Tony Catany


El Canal de Isabel II organiza la exposición antológica, TONY CATANY. CUANDO IR ERA VOLVER, que reúne un conjunto significativo de la obra del fotógrafo mallorquí, un artista de la imagen premiado en Francia y España. El título de la muestra parece ya significativo de lo que supone la fotografía para él, una experiencia vital, la vida misma. Las idas y venidas de los numerosos viajes que realizó a lo largo de su vida, por una parte, y por otra, de las experimentaciones realizadas, los proyectos y recuerdos recogidos en las imágenes fotográficas. De ahí que el espectador no se extrañe que sus temas favoritos hayan sido: la naturaleza muerta, el retrato, el desnudo y el paisaje. Su fotografía no trata, por tanto, de captar un momento fugaz e instantáneo de la realidad, sino uno estático, a la manera antigua.


El fotógrafo reunía los objetos de sus numerosos viajes, y en su estudio luego los recreaba a modo de pintura, de ahí que se haya hablado de la perspectiva clásica y neopictorialista de su obra. Sin embargo poseé una mirada moderna, en tanto que dichos objetos se descontextualizan para dialogar con el presente. Lo mismo sucede con las técnicas que experimentó. Llegó a emplear el calotipo inventado en 1839 por William Fox Talbot, y otros procedimientos del siglo XIX, como las técnicas más actuales, asociadas a la tecnología digital. Se puede decir que realizó viajes físicos desde el Mediterráneo hasta el resto del mundo, y dentro de su estudio, entre el pasado y el presente. Trató de encontrar el objetivo más elemental del arte, la belleza y la armonía.


Toni Catany en su búsqueda y experiencia artística nos ha dejado numerosas imágenes de aquellos lugares donde se encontraba la belleza, puertas, calles paredes, nichos, a veces con vestimentas caídas, combinando colores o texturas, que comunican sus emociones y sentimientos al espectador. Éstos se encuentran, igualmente, en numerosos retratos de sus gentes convertidos en auténticos objetos artísticos. Así pues, hace emerger el arte de lo cotidiano, de los vínculos que se pueden establecer entre materiales dispares o próximos de su entorno. Su fotografía se resume en una  expresión de la vida y de sí mismo a través de sus sentimientos y obsesiones.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Obras maestras: El entierro del conde de Orgaz


Dentro de la pintura española del siglo XVI destaca la obra del pintor cretense, Domenikos Theotocopoulos, llamado El Greco, que llegó a España desde Italia para trabajar en la decoración de El Escorial, pero su rechazo por parte del rey Felipe II, le hizo trasladarse a Toledo en 1577. Allí tendría un enorme éxito como pintor para la iglesia, como para la clientela privada, adquiriendo una gran fama como retratista. Un prestigio que decaería hasta llevarle al olvido, siendo recuperado de nuevo a principios de siglo XX, hasta la actualidad. Hoy el artista cretense aparece como uno de los grandes de la historia de la pintura española y mundial, perteneciente al ámbito del Manierismo con una actividad intelectual relevante que le hizo practicar y escribir sobre escultura y arquitectura.


Una de sus obras maestras la realizó por encargo de la parroquia de Santo Tomé de Toledo. Es el famoso, Entierro del conde de Orgaz, que representa el milagro por el cual San Esteban y San  Agustín, según la tradición, bajaron del cielo para enterrar personalmente a Gonzalo Ruiz de Toledo, fallecido en 1323, por su vida ejemplar y benefactor de la iglesia. La escena se divide en dos ámbitos, una parte terrenal, la del hecho propiamente dicho, y una que corresponde al cielo. En la terrenal, los personajes principales son los santos con amplias capas pluviales decoradas de escenas pintadas y grandes bordados dorados, que portan el cuerpo muerto del conde vestido de armadura. A la derecha, un sacerdote dirige el responso, que se ha identificado como Andrés Núñez, el párroco que encargó el cuadro. A la izquierda, un niño, que mira al espectador, es el retrato del hijo del pintor, cuya fecha de nacimiento se lee en el papel que le sale del bolsillo.


En segunda fila de la parte inferior se observan un conjunto de retratos de caballeros nobles y monjes. Entre ellos se encontraría, el del propio autor encima de San Esteban. La escena nocturna se ilumina con antorchas. En medio, un ángel asciende al cielo con el alma del conde en sus manos. También, entra en la zona celestial, la parte superior de la cruz procesional. Esta parte celestial presenta personajes a derecha e izquierda de Cristo en majestad del Juicio, en la zona más elevada. Tienen todos ellos diferentes tamaños según las distancias entre las nubes, más numerosos los de la parte derecha, la de san Juan Bautista, de mayor tamaño, entre los que se encuentra el propio rey Felipe II, que los de la izquierda, la de la Virgen María, con san Pedro detrás. Todos ellos forman un conjunto de movimiento intenso que contrasta con la solemnidad estática de la parte terrena.


La pintura es una manifestación del estilo pictórico de El Greco en plena madurez. Se inscribe dentro del Manierismo de finales del siglo XVI. En él se observan las enseñanzas que tuvo en Italia, referidas al color y al dibujo, que él los dotaría de una extraordinaria personalidad. La escena se refiere a un tiempo pasado, doscientos cincuenta años antes, pero con vestiduras de la época y personajes, algunos claramente identificados. Estos personajes principales aparecen ricamente ataviados, destacando la propia armadura del conde, también en el fondo, las cruces que identifican a nobles caballeros. Así, el milagro, aparece completamente descrito, donde la imaginación del artista mezcla realidad social de la época con la espiritualidad atemporal, ejemplaridad moral y poder celestial.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Los dibujos de Ribera

Caballero con hombrecillos, h. 1627-30

El Museo del Prado organiza la exposición, RIBERA. MAESTRO DEL DIBUJO, con motivo de la publicación del primer catálogo razonado completo de los dibujos del artista.  En ella se muestran setenta obras: cincuenta y dos dibujos, así como pinturas y estampas. José de Ribera, el Españoleto, desarrolló toda su obra en la ciudad de Nápoles hasta su muerte en 1652, pero se formaría en Roma donde llegó en 1606 como pintor caravagista y como dibujante con una vertiente académica. Fue un gran dibujante del que se conocen ciento sesenta dibujos. La exposición está dividida en once espacios dispuestos con un criterio cronológico y temático: José de Ribera; El artista joven; En la década de 1620; Santos y Mártires; Dioses y Héroes; Castigo y Tortura; Los años prodigiosos 1634-37; Cabezas; Maestro del dibujo; En la ciudad y en el campo; Extrañas fantasias; Últimos dibujos.

Sansón y Dalila, h. 1624-26

A diferencia de otros pintores caravaggistas, que pintaban directamente sobre la tela, Ribera daba tal importancia al dibujo, que muchos ejemplos de su mano son obras de arte en sí mismas, otros fueron diseños preparatorios para lienzos, o para ser grabados y utilizarse en su escuela de dibujo donde los futuros artistas trabajaban al natural. Ribera se considera, por tanto, un auténtico maestro del dibujo, que tomaba muchas de sus ideas de lo que la realidad le ofrecía. Si se observan las obras de la exposición, se puede considerar la evolución de su estilo. Un primer momento sería de formación en la escultura clásica, siguiendo el modelo académico romano, de hecho llegaría a ser académico en 1613. En la década de 1620, los dibujos a sanguina tienen una alto nivel de acabado y delicadeza. 

Apolo y Marsias, 1637

La plenitud de su madurez artística coincide en Nápoles con el virreinato del VI conde de Monterrey (1631-37), cuando ejecuta un grupo de dibujos preparatorios relacionados con los encargos pictóricos para la iglesia de las Agustinas Recoletas de Salamanca. En los años finales, su mano es menos segura y emplea más la aguada. Ningún artista napolitano o español coetáneo trató temas tan diversos como Ribera. Aproximadamente la mitad de los dibujos de su mano son de tema religioso, especialmente santos penitentes o en el momento de su martirio, como san Bartolomé y san Sebastián, que le dan pie a experimentar con el desnudo. También trató temas mitológicos y clásicos; y escenas de género, recientemente atribuidas a su mano tomadas tanto en el campo como en las calles de Nápoles.

Acróbatas en la cuerda floja, 1637-40

Muy atractivos de su obra como dibujante es su interés por la fealdad y las escenas de violencia. Cabezas de personajes grotescos o con enfermedades que le deforman el rostro, y escenas de tortura y ajusticiamiento que se producían en las calles de Nápoles. Finalmente, trató en sus dibujos una temática caricaturesca , fantástica y caprichosa, de iconografía misteriosa, más propios de otra época histórica. Llegó, de esta manera, a formar un corpus de dibujos con gran  variedad de técnicas y alto grado de acabado en algunos de ellos, que le muestran como un artista genial en esta disciplina.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Obras maestras de la arquitectura: El Templete de San Pedro in Montorio


Cualquier aficionado a la arquitectura que visite la ciudad de Roma para disfrutar de sus calles y edificios desde la antigüedad romana hasta la actualidad, no puede dejar de visitar una de las obras maestras de la Historia del Arte. Es un edificio pequeño que no se encuentra en la calle sino dentro del claustro del monasterio de San Pietro in Montorio al que se accede desde fuera. Se encuentra en el Ianicolo uno de los montes de la Ciudad Eterna donde se dice fue martirizado el santo. Fue patrocinado por los Reyes Católicos cuyos escudos se encuentran en el interior. La construcción y el diseño se pueden datar entre 1501 y 1510, y se pueden considerar el ejemplo más perfecto de la arquitectura renacentista del cinquecento, encargadas al arquitecto, Donato Bramante.


La elección de la planta centralizada no fue arbitraria por cuanto se relaciona con aquellos edificios, los martyria, destinados a conmemorar la muerte de un santo. Igualmente es el prototipo geométrico, el círculo, el que mejor expresa la tradición grecorromana según la idea de Vitruvio. Las proporciones humanas se inscriben en él y expresan de la mejor manera, la armonía del Universo. Por tanto, cielo y tierra, se conjugan especialmente bien en este edificio. También, el arquitecto, hace un uso preciso y profundamente clásico de los órdenes y los elementos arquitectónicos. El edificio se compone de una cella, de unos 4,5 metros de diámetro, rodeado de un peristilo de 16 columnas de orden toscano, sobre un podio que reposa a su vez en una escalera.


Las columnas sostienen un friso de triglifos y metopas decorados con relieves que aluden a los intrumentos del martirio de San Pedro y objetos de la liturgia cristiana. El conjunto se remata con una balaustrada que da paso al tambor que sostiene una cúpula nervada, caracterizado por nichos donde se irían a colocar estatuas. En todo el hermoso edificio se percibe el más alto nivel de las claves estéticas de la arquitectura clásica, proporción, armonía entre los elementos y belleza, donde la volumetría del peristilo da paso a un ritmo peculiar de las pilastras adosadas, las ventanas y las tres puertas adinteladas de la cella. El visitante al entrar se encuentra con dos altares, uno en el piso principal y otro en la cripta, a la cual se accede por una escalera en la parte trasera.


El Tempietto era una parte del diseño creado por Bramante porque tenía la intención de remodelar todo el patio del monasterio, que hubiera extendido el trazado circular a todo el espacio. Su prestigio como arquitecto que experimentaba dentro de las proporciones clásicas, le llevó a recibir el encargo del papa, Julio II de construir la nueva basílica de San Pedro del Vaticano en 1506.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Robert Capa en color

Espectadores en Longchamp, 1952
El Círculo de Bellas Artes de Madrid organiza la exposición, CAPA EN COLOR, sobre la obra del famoso fotoperiodista, con este tipo de película que él empezó a utilizar en 1938, pero con mayor asiduidad desde 1941. Hasta ese momento las guerras y la fotografía artística había sido en blanco y negro. El color era más caro y el revelado más lento lo que dificultaba el trabajo para las revistas. Sin embargo se llegó a acostumbrar a utilizar dos cámaras cada una con un tipo de película distinto. La exposición exhibe unas 150 instantáneas en color y tearsheets de las publicacines, junto con algunos documentos personales.

Picasso en Vallauris, 1948

El espectador puede disfrutar de imágenes en color de la Segunda Guerra Mundial, de las tropas aliadas que llegaban en barco al Norte de África, pero sobre todo, imágenes de un mundo de ocio donde aparecen celebridades de la realeza o del cine, modelos o personalidades de la cultura, o simplemente gente corriente o insólita de distintas partes del mundo. Era lo que pedían ciertas revistas de la posguerra para acercar a los lectores americanos o europeos otras imágenes de la sociedad en que vivían. Dejaba así atrás el reportaje de guerra, aquél que le había dado fama, pero no fue por mucho tiempo cuando se fue a cubrir el conflicto de Indochina, del cual aparecen algunas instantáneas, en los momentos previos a pisar una mina que le causaría su muerte.

Humphrey Bogard y Peter Lorre, Italia, 1953

miércoles, 26 de octubre de 2016

Obras maestras II: El Nacimiento de Venus

Sandro Botticelli, El nacimiento de Venus, 1484
El estudio del Arte del Renacimiento en 3º de ESO, nos permite analizar con más detalle una de sus obras principales donde podemos observar una serie de características esenciales del estilo. El Nacimiento de Venus fue pintada por Sandro Botticelli hacia 1484 con la técnica del temple sobre lienzo. Tradicionalmente se creyó que formaba pareja con La primavera del mismo autor y era un encargo de la familia Médicis, en concreto para Lorenzo di Pierfrancesco, primo de Lorenzo el Magnífico, para adornar Villa di Castello. Hoy no se está seguro de ello, pero lo que si es cierto es que representa las ideas de la filosofía neoplatónica propia del círculo de este mecenas.


Tras su estancia en Roma para pintar en la Capilla Sixtina, Botticelli creó esta obra maestra. Representa la llegada de la diosa a las costas de Citera, Pafos o Chipre, según las fuentes, y no el nacimiento mismo de ella, a pesar del título. Nació entre las aguas del mar de los genitales del dios Urano (el cielo) cortados por su hijo Saturno. La diosa llega a tierra sobre una concha, su símbolo, e impulsada por el viento, representado por la figura del dios Céfiro, abrazado a su consorte, la ninfa Cloris. Le espera para cubrirla con un manto rojo, la ninfa que representa la primavera, que luce una túnica blanca bordada de acianos. Un ceñidor de rosas rodea su cintura, otras vuelan impulsadas por el viento, son la flor sagrada de la diosa. Sobre los hombros luce una guirnalda de mirto, otra de sus plantas propias, símbolo del amor eterno.


La diosa ocupa la posición central con la postura de la escultura antigua de la Venus Púdica en la que se cubre su cuerpo con las manos, ayudadas por sus largos cabellos dorados. Representa un ideal de belleza clásica construido por un modelo en el que resalta un cuello estilizado y un rostro de mirada distante y ensimismada. La tensión y la energía que Botticelli proporciona al dibujo se muestran sobre todo en las manos y los pies. Las cuatro figuras ocupan casi toda la composición en un gran primer plano. Al fondo se pierde la costa recortada y las aguas del mar en perspectiva. La ninfa Primavera está rodeada de un bosque de naranjos y debajo de sus pies florecen anémonas azules.

Sandro Botticelli, Autorretrato, 1475

La diosa Venus no representa el amor carnal, sino más bien la inteligencia pura o el saber supremo. La significación del cuadro está influida por la filosofía neoplatónica tan cultivada en los círculos intelectuales y literarios protegidos por los Médicis. Las referencias erúditas a la mitología clásica y al arte grecorromano son propios de la pintura del Renacimiento. De la misma manera la recuperación de los ideales de la belleza clásica que tienen en la figura del hombre y a la Naturaleza el modelo a imitar. Sandro Botticelli lo hace en esta obra maestra de la pintura que representa el prototipo de la belleza femenino.

domingo, 2 de octubre de 2016

La fotografía de Bruce Davidson

London, 1960

Bruce Davidson es un fotógrafo norteamericano al que la Fundación Mapfre le dedica una retrospectiva, que representa más de cincuenta años de carrera, desde mediados del siglo XX hasta la actualidad. Sus imágenes tratan de represenar la realidad desde una perspectiva humana. Muestra un compromiso ético ante los entornos precarios y vulnerables en los que se desenvuelve la existencia de las personas fotografiadas. Se le puede considerar así como un fotógrafo humanista, que le lleva a documentar los éxitos y los fracasos de lo que se conoce como el sueño americano. El espectador se convierte en un privilegiado al ser testigo de vidas privadas o sumidas en entornos conflictivos a causa de la confianza ganada por el artista con los protagonistas que cooperan con él.


Tiene un estilo peculiar que atiende al detalle con sencillez sin mostrar excesos sentimentales o moralistas. Desarrolla una mirada poética que capta entornos a veces marginales, ausentes en la obra de otros fotógrafos. Trabajó en series que se mantienen a lo largo del tiempo dondo se yuxtaponen imágenes que van conformando en mundo de sus protagonistas. Éstas se encuentran recogidas en la presente exposición, que arranca con la titulada, Los Wall 1955 y termina con Naturaleza de Paris 2005-2006/Naturaleza de Los Ángeles, 2008-2013. Estuvo desde joven en Francia, prueba de ello es la serie, La viuda de Montmartre, 1956. Las series norteamericanas denominadas, El enano, 1958 y Bandas de Brooklyn, 1959, son muy atractivas.

Calle 100 Este, Harlem, Nueva York

En los años sesenta viaja a Europa, Reino Unido, Italia y España, pero en mi opinión las series más interesantes son la que dedica a la luchas por los derechos civiles en ese tiempo, titulada, Tiempo de cambio, 1961-1965 y Calle 100 Este, 1966-1968, que muestra imágenes del llamado Harlem Español. Finalmente destaca el conjunto dedicado al metro de Nueva York, 1980.